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Una verdad inexorable

Por Oscar Uguña Reyes


No basta decir solamente la verdad,

más conviene mostrar la causa de la falsedad” Aristóteles


No hay nada más cruel que no saber la verdad; y el estar en una larga vida de mentiras, es vivir sin libertad. Muchos sueñan con cosas particulares que vendrán en beneficio de cada uno; pero existe un sueño que se comparte, un sueño global, un sueño que devuelve la luz a este mundo, un sueño prometedor en crear un nuevo y mejor universo; ese sueño se llama VERDAD.

La verdad no solo consta en mostrar las cosas como son ni inventar caso alguno que contextualice alguna falacia. La verdad no solo está en el hablar; sino en el actuar también. Verdad es saber convivir en armonía, es comprender y analizar el puesto esencial que cada pieza tiene en el rompecabezas más dificultoso, es coexistir en la nitidez de la vida como símbolo de que los hombres quieren y anhelan, con ansiedad, vivir en un mundo sin horrores, en un mundo de paz, verdad y felicidad; y la novela “Doce horas” refleja todo esto y más.

Mis ganas de leer comenzaron a germinar desde que estaba en colegio; específicamente en bachillerato. Mi lectura comenzó con “Un hombre muerto a puntapié” (Pablo Palacio), “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez), “La tregua” (Mario Benedetti), “El extranjero” (Albert Camus), entre otros. Todos estos tienen algo en común; su similitud está en hacer crecer las ganas de saber más al lector. Sin embargo, mis ganas de leer se vio marcada gracias a “Doce horas” (Cristián Londoño Proaño) ya que en ella encontré un sin números de beneficios propios a mediano y largo plazo.

Se denota dificultoso comenzar a hablar de esta novela porque engloba problemáticas sociales, políticas y económicas que afectaron, afectan y afectarán en este mundo donde vivimos. La raza humana se ha visto involucrada todo un siempre en estos enigmas que han causado un cambio repentino en la forma de pensar de nosotros, en nuestra manera de actuar, en nuestros principios y valores; en fin, en las relaciones de unos contra otros. Día a día encontramos muchos actos de violación de los Derechos Humanos, muertes sangrientas, injusticias e inequidades, olvido. Pero todo esto, ¿A dónde nos lleva? La única respuesta susceptible a tantas atrocidades que este universo aguanta es la denigración de los seres humanos; tanto como persona que como si fuésemos alimañas.

No bastan días, ni meses, ni años, ni siglos para que los valores de una persona con una ética corruptible sean maniobrados. No le bastó ni 24 horas a Nicolás Cordovez (personaje de la novela) para ver derrumbada su vida en un abismo sin fondo, donde solo hay una entrada y la única salida es el tener el alma con un mal despiadado.

“Doce horas” nos ayuda a quitar el vendaje de las supuestas formas de gobiernos que encandilan y se lucran de los más infortunados y desdichados que no constan con las mismas ni mejores condiciones que los “altos ejecutivos”. Refleja, además, como el individuo tiende a degradarse al momento de llegar al poder y cómo sus amistades van tejiendo el campo de la deshonestidad, de la mentira, de la lujuria, de la corrupción por ellos; donde la inerme oruga es domable por las aves hasta que se convierta en mariposa.

Por lo tanto, ¿La verdad es comprensible o entendible? Londoño nos trata de explicar en su novela la respuesta a esta inquietud sin embargo, es difícil responderla. Su veracidad depende de la manera de discernir de cada persona; no obstante, en este mundo cambiado y sin principios, se torna escabroso el camino de la clarividencia; y las ansias de cambiarlo son cada vez menores porque se vive una guerra de por siglos, una guerra donde la corrupción y la honradez chocan espadas, donde los ricos luchan por ser más ricos y los pobres batallan por la equidad, donde la oscuridad arrebate camino a la luz y la refriega es de todos (políticos, medios de comunicación, etc.) contra uno (el pobre, el mísero, etc.).

La paz se la consigue cuando alguien tiene una mentalidad de un buen ser humano, con una mentalidad abierta y dispuesta a escuchar y acabar el conflicto para el bien de todos. Acoto, sin embargo, el ambiente que se respira no es el mismo de antes; ya no es amigable ni busca el bien común, por eso Londoño muestra la necesidad de mostrar el retrato de los políticos de antes y del ahora, observa la obligación de mostrar su estado de bronca por lo injusto como ejemplo a seguir y contempla la exigencia de que, para la sociedad de hoy en día, nazca Doce horas”. Todo esto lo hace a la perfección y el poder de la escritura lo lleva de la mano hacia el triunfo; y para seguir en el camino, comparto una frase que es una de las que atrapa los cinco sentidos del lector y muestra la realidad que se vive dentro de la política ecuatoriana y latinoamericana: “(…) Él sabía que algunas empresas nacionales y extranjeras evadían los controles ambientales a través de sobornos a los funcionarios públicos, y ahí terminaba el asunto (…)” (pág. 134).

Concibo, pues, que la novela “Doce horas” es un escrito completo. En ella no solo se recibe una enseñanza moral; más lo contrario, nos refleja las injusticias que ocurren y que tienden a perjudicar a las clases sociales más débiles. Leer este libro cambia la percepción que tenemos acerca de este mundo, de las grandes masas, de los políticos con un corazón de roca y del cuarto poder político, los medios de comunicación.

Es un libro que es de suma necesidad compartirlo con cada una de nuestras amistades para que así se logre completar las metas pensadas por Londoño y las cuales comparto. No obstante, la verdad es otra. Tuve la oportunidad de realizarle unas preguntas acerca de sus metas pensadas al momento de publicar su novela y la realidad es lo comentado por él: “(…) Honestamente, no se ha cumplido las metas que me propuse. Una de mis metas era que la gente la leyera y generar debate. Todavía no ha sucedido, y supongo que es, porque los libros, todavía en el país no se difunden como deberían.” Propongo a todos, entonces, cambiar esta difícil realidad que deja en la ignorancia a grandes pueblos y/o naciones porque la verdad no solo es hablada; la mejor manera de obtenerla es a través de la escritura y lectura donde nuestras neuronas se expanden y nos permiten abrir los ojos para poder observar, con detalle, el favoritismos entre los políticos y los medios de comunicación, la inmoralidad de los mismos y el abuso del poder que ellos generan al creerse los “superiores” de todos.

Si bien es cierto que en la vida, en cada paso que das, obtienes una enseñanza y para completar esto les invito a que en cada letra obtengan un aprendizaje nuevo y que muchos los quieren ocultar; así pues, por la excelsa belleza de la lectura les pido muy afablemente embarcarse en el barco de la verdad callada y manipulada para que en conjunto con su capitán, Cristián Londoño Proaño, y su copiloto, “Doce horas”, logren abrirles los ojos a los demás y por lo tanto, crear un mejor y nuevo mundo.


#DoceHoras #Novela #CristianLondoñoProaño

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